COMO LADRÓN EN LA NOCHE | jueves 28 de noviembre 2024

Por lo tanto, manténganse despiertos, porque no saben qué día vendrá su Señor. […] Por eso también ustedes deben estar preparados, porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos lo esperen.

—Mateo 24:42,44

(Lectura de la Biblia en tres años: Ezequiel 2:1–3:15, Hebreos 11:23–31)

COMO LADRÓN EN LA NOCHE

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La frase proverbial «no hay peor sordo que el que no quiere oír» aplica perfectamente a todas aquellas personas que a través de los siglos han calculado la fecha de la venida de Cristo. Ninguno de ellos acertó, como tampoco lo harán los que se atrevan a asegurar que conocen tal fecha. Cristo es terminante en dejar claro que su venida sucederá cuando menos lo esperen. ¿Por qué no reveló ese preciso dato?

Estas palabras las dijo Cristo a sus seguidores y conciernen principalmente a su iglesia. Con ellas les pone en alerta sobre la importancia de esperarle con expectativa responsable. Esto significa que la manera de estar listos para su venida no es la de quedarnos con los ojos fijos en el cielo, sino que es la de comprender que nos dejó la misión de alimentar a los que ha puesto a nuestro cuidado. La iglesia fue instituida precisamente para alimentar con la palabra de Dios. Una buena labor de alimentación incluye presentar la ley moral en todo su rigor con tal claridad que todos los oyentes queden aterrorizados ante el pecado y sus consecuencias eternas al punto comprender la tremenda necesidad de Cristo como el Salvador para la humanidad. Esta responsabilidad de alimentar bien no es posible si no incluimos el evangelio en toda su dulzura, dejando claro, para el pecador aterrorizado, que Cristo hizo todo lo necesario para su salvación y que nada puede ni debe añadirle.

Pero esta asignación no es una responsabilidad restringida solo al liderazgo (2 Timoteo 2:2). Cada creyente individualmente es responsable de alimentar a su entorno inmediato con el mensaje divino. Jesús veló la fecha a fin de que el sentido de urgencia permanezca entre su pueblo. Cierta vez, le preguntaron a Lutero qué haría si supiera que Cristo llegaba hoy mismo. Él respondió que «plantaría un árbol». Así remarcó que quería ser encontrado por Cristo trabajando. Es precisamente eso lo que el Señor quiere de nosotros. Él quiere encontrarnos ocupados en la misión de alimentar a nuestros cercanos con el mensaje de salvación. En gratitud a Cristo por el perdón gratuito vamos a querer hacerlo.

Oración:

Señor, graba en nuestro corazón tal temor de tus juicios, y tal gratitud por tu bondad hacia nosotros, que nos hagan temer y avergonzarnos por ofenderte. Y, sobre todo, mantén en nuestra mente un recuerdo vivo de ese gran día, en el que debemos dar estricta cuenta de nuestros pensamientos, palabras y obras a aquel a quien tú has puesto como juez de los vivos y de los muertos, tu Hijo, Jesucristo nuestro Señor. Amén. (Oración por la Gracia, 1928. Libro de Oración Común)

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LA ORACIÓN DE GRATITUD DEL REY DAVID | miércoles 27 de noviembre 2024

El SEÑOR me ha pagado conforme a mi justicia; me ha premiado conforme a la limpieza de mis manos, pues he andado en los caminos del SEÑOR; no he cometido mal alguno ni me he apartado de mi Dios.

—Salmos 18:20–21

(Lectura de la Biblia en tres años: Ezequiel 1, Hebreos 11:17–22)

LA ORACIÓN DE GRATITUD DEL REY DAVID

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Esta oración del rey David, ha desconcertado a muchos, pues pareciera que él creyera que nunca cometió error alguno y mucho menos un pecado. Sin embargo, es de conocimiento general que uno de los pecados más sonados de David fue su adulterio con la esposa de Urías y el haber conspirado para que este muera. Puesto que David escribió: «No hay nadie que haga lo bueno; ¡no hay uno solo!» (Salmo 14:3) y que su hijo Salomón dijo: «No hay en la tierra nadie tan justo que haga el bien y nunca peque» (Eclesiastés 7.16 7:20) queda la interrogante ¿Por qué afirma tener limpieza de manos y haber caminado los caminos del Señor?

Según la Biblia, David era conforme al corazón de Dios (Hechos 13:22); «Noé era un hombre justo y honrado entre su gente. Siempre anduvo fielmente con Dios.» (Génesis 6:9); y Lot, era un «justo, que convivía con ellos y amaba el bien» Todos estos siervos de Dios fueron igual de pecadores que cualquier otro ser humano. ¿Por qué son llamados justos?

La Biblia llama justos a estas personas porque ellos eran creyentes que, para ser justos delante de Dios, confiaban en los méritos de Cristo y no en sus propios méritos. Tal como está escrito: «En realidad, si Abraham hubiera sido justificado por las obras, habría tenido de qué jactarse, pero no delante de Dios. Pues ¿qué dice la Escritura? «Le creyó Abraham a Dios, y esto se le tomó en cuenta como justicia.» (Romanos 4:2,3) Por esto David pudo decir que caminó los caminos del Señor y que tenía manos limpias (por los méritos de Cristo). Nuestra situación es la misma que la de ellos. La justicia que nos pone a cuantas con Dios no es la que proviene de nosotros mismos ni de nuestras buenas obras y méritos. Solo los méritos de Cristo como nuestro sustituto cumplen el requisito divino. Su obediencia perfecta no es atribuida gratuitamente y su muerte en la cruz paga nuestro pecado. En gratitud vamos a querer obrar lo bueno, sabiendo que tales obras solo tienen valor cuando los méritos de Cristo le son añadidos.

Oración:

Padre Santo y misericordioso, confieso que soy por naturaleza pecador y que te he desobedecido con mis pensamientos, palabras, acciones y omisiones. He hecho lo que es malo y he fallado en hacer lo que es bueno. Por esto merezco tu castigo tanto ahora como eternamente. Pero en verdad estoy arrepentido de mis pecados, y confiando en mi Salvador Jesucristo, suplico tu misericordia y me regocijo por saber que la justicia de Cristo me es atribuida gratuitamente. Afírmame, por tus medios de gracia en la verdadera fe para la vida eterna. Amén

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LA HIJA HEREDERA | martes 26 de noviembre 2024

Además, diles a los israelitas: “Cuando un hombre muera sin dejar hijos, su heredad será traspasada a su hija”.

—Números 27:8

(Lectura de la Biblia en tres años: Lamentaciones 5, Hebreos 11:8–16)

LA HIJA HEREDERA

 

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En la cultura y costumbres de tiempos de Moisés, las heredades pasaban a la siguiente generación a través de la descendencia masculina. La tierra prometida tenía que ser repartida entre los israelitas. Para hacerlo con eficiencia se hizo un censo. En censo, evidenció el que una familia no recibiría nada, cuando se distribuyera la tierra, porque no había heredero masculino a quien adjudicarla. Ese era un problema real y muy grande. Para resolverlo, Moisés consultó a Dios. La respuesta del Señor es el tema de la meditación de hoy.

Esa familia descendía de Manasés, el hijo mayor del patriarca José, el hijo predilecto de Jacob (Génesis 41:45, 50–52.). Majlá, Noa, Joglá, Milca y Tirsá, hijas de Zelofejad, eran las tataranietas de Manasés. Cuando Moisés llevó el caso delante de Dios, el Señor le respondió: «Lo que piden las hijas de Zelofejad es algo justo, así que debes darles una propiedad entre los parientes de su padre. Traspásales a ellas la heredad de su padre». Aunque Zelofehad estaba muerto, se le asignó una porción entre sus hermanos. Esa porción se iba a dividir entre sus hijas. El Señor no quiso que esas mujeres fueran desheredadas. Ellas también iban a tener una porción entre el pueblo. También, Dios dispuso que se aplique la misma solución en casos futuros. Lo hizo porque Él es justo y no hace acepción de personas. Él Señor quiere que seamos justos en nuestro trato con todos y que respetemos su derecho sin hacer acepción de personas. Debido a nuestra imperfección somos culpables de pecar contra este aspecto de la voluntad divina pues no lo hacemos perfectamente, como Dios lo exige y por eso somos merecedores de toda la ira de Dios. Para salvarnos de tal condenación, Cristo, sustitución de nosotros, fue justo y no hizo acepción de personas. Fue a la cruz para sufrir el castigo que merecemos soportando sobre sí toda la ira de Dios. En gratitud vamos a querer obrar con justicia y no hacer acepción de personas, mientras esperamos su regreso. (Deuteronomio 10:17–22; Proverbios 28:20; Colosenses 3:25; Santiago 2:1,8).

Oración:

Señor, Tú eres justo y yo un pobre pecador que solo merece toda tu ira. Te doy gracias porque tuviste misericordia de mí y me salvaste enviando a tu hijo Jesucristo como mi sustituto y Salvador. Él obedeció perfectamente, en lugar mío, y derramó su vida pagando el castigo que merezco. Te suplico que por medio de tus medios de gracia me afirmes en la verdadera fe de tal manera que no falte en mí el fruto de arrepentimiento cuando me llames a la eternidad. Amén.

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VIVAMOS DECENTEMENTE | lunes 25 de noviembre 2024

Vivamos decentemente, como a la luz del día, no en orgías y borracheras, ni en inmoralidad sexual y libertinaje, ni en disensiones y envidias. Más bien, revístanse ustedes del Señor Jesucristo, y no se preocupen por satisfacer los deseos de la naturaleza pecaminosa.

—Romanos 13:13–14

(Lectura de la Biblia en tres años: Lamentaciones 4, Hebreos 11:1–7)

VIVAMOS DECENTEMENTE

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Tengo la impresión de que con cada año que pasa la sociedad es más grosera y descarada que antes. Y es que, en décadas pasadas, quienes vivían desordenadamente lo hacían discretamente por vergüenza. Pero hoy es tan común el descaro que parece no molestar a nadie. ¿Estaré exagerando?

Según la Biblia, no hay nada nuevo bajo el sol. El relajamiento moral de nuestro mundo no es novedoso. Es más, aún el creyente más comprometido nace pecador y con todas las pecaminosas inclinaciones que todos los demás. Eso significa que potencialmente cada persona es capaz de cometer los mismos pecados que los seres humanos más perversos de la historia. La Biblia dice, que desde la perspectiva de Dios, «No hay nadie que haga lo bueno; ¡no hay uno solo!» (Romanos 3:12). Entonces, ¿Qué razón hay en tratar de vivir decentemente?

Poner todo nuestro empeño en tratar vivir decentemente, en medio de un entorno que conspira continuamente contra la santidad, puede resultar muy frustrante. Especialmente cuando se lo hace motivado por las exigencias morales de la ley de Dios. Nuestro viejo Adán es estimulado a la desobediencia cada vez que hay una ley a obedecer. Esta reacción del viejo Adán es conocida por la sicología y la llaman «ley inversa de la sicología». La Biblia le da su verdadero nombre: pecado. Por tanto, cada vez que somos motivados con la ley para agradar a Dios, el resultado inevitable será solo pecado. La frustración resultante es explicada por Pablo así: «Yo sé que en mí, es decir, en mi naturaleza pecaminosa, nada bueno habita. Aunque deseo hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo. De hecho, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero.» (Romanos 7:18-19). Dios quiere que seamos decentes y vivamos así. Pero no podemos. Por eso merecemos sufrir toda la ira de Dios por la eternidad. Cristo fue perfecto en lugar de nosotros y en la cruz cargó con nuestro pecado. En gratitud vamos a querer vivir decentemente (Tito 2:11).

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Oración:

Señor, confieso que, por mis propios esfuerzos no alcanzo, ni alcanzare a vivir decentemente. Pero, en gratitud a que soy salvo por los méritos Cristo, quiero vivir santa y decentemente conforme tu santa voluntad. Por el poder de tu evangelio, aumenta mi fe de modo que en mi vida haya fruto de arrepentimiento. Amén.

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CRISTO, REY DE PAZ | domingo 24 de noviembre 2024

 

Él juzgará entre las naciones y será árbitro de muchos pueblos. Convertirán sus espadas en arados y sus lanzas en hoces. No levantará espada nación contra nación, y nunca más se adiestrarán para la guerra.

—Isaías 2:4

(Lectura de la Biblia en tres años: Lamentaciones 3:48–66, Hebreos 10:32–39)

CRISTO, REY DE PAZ

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Muchos de los ancianos que, a diario parten hacia la eternidad, nacieron muy cerca del final de la segunda guerra mundial o cuando esta ya había terminado. Por lo tanto, no fueron testigos oculares del conflicto bélico que angustió inusitadamente al mundo entero. Sin embargo, sí fueron testigos de una guerra igual de angustiante a la que se añadía el continuo temor del posible estallido de una tercera guerra más espantosa que las anteriores. Este conflicto, llamado «guerra fría» fue un enfrentamiento político, económico, social, informativo y científico entre las dos potencias mundiales de la última mitad del siglo 20, que se extendió desde 1945 hasta la disolución de la Unión Soviética. Un clamoroso anhelo por la paz llenó el pensamiento de todos los ámbitos de acción del ser humano. Querían paz y pensaban que esta surgiría del esfuerzo humano por establecerla. No llegó.

La tan anhelada paz no llegó porque la buscaron lejos del príncipe de paz. El texto de la meditación de hoy se encuentra grabado en la plaza del edificio de las Naciones Unidas, en Nueva York. Pero omite la primera oración que es la que señala a Cristo. Por medio de Isaías, Dios prometió a Judá y a Jerusalén que el Mesías iba a venir al mundo a través de ellos. La obra del Mesías es una obra de paz (Juan 14:27). Pero no se refiere a paz diplomática. Es paz espiritual. Por esto miramos esta promesa con los ojos espirituales de la fe, no con los ojos físicos de la política. La paz prometida es la paz con Dios que se basa en los méritos de Cristo y en su perdón. Tal paz es tan efectiva que afecta profundamente la vida de los creyentes. Por el poder del evangelio, cambia sus corazones y los constituye humanos en hacedores de paz que procuran armonía entre ellos y con el mundo que los rodea. Esto no sucede por el esfuerzo de ninguno de ellos, sino por la obra del Espíritu Santo que usa el poder del evangelio. Puesto que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarda nuestros corazones y pensamientos en Cristo Jesús, solo por sus méritos atribuidos a nosotros gratuitamente, vamos a querer ser instrumentos de su paz llevándola por donde vayamos.

Oración:

Señor, sin ti la paz es imposible. Mi viejo Adán es belicoso como el de cualquiera de mis semejantes. Es solo gracias a tu obra redentora a favor de mí que vivo en tu paz. Concédeme, por tus medios de gracia, ser afirmado en la fe de modo que te sirva como instrumento de tu paz: Que mi vida entera esté consagrada a Ti, Señor. Que a mis manos pueda guiar el impulso de tu amor. Que mis pies tan sólo en pos de lo santo puedan ir: y que a Ti, Señor, mi voz se complazca en bendecir. Que mis labios al hablar, hablen sólo de tu amor. Amén. (CC255)

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EL PRIMERO Y EL ÚLTIMO | sábado 23 de noviembre 2024

Al verlo, caí a sus pies como muerto; pero él, poniendo su mano derecha sobre mí, me dijo: «No tengas miedo. Yo soy el Primero y el Último, y el que vive. Estuve muerto, pero ahora vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del infierno.»

—Apocalipsis 1:17–18

(Lectura de la Biblia en tres años: Lamentaciones 3:35–47, Hebreos 10:26–31)

EL PRIMERO Y EL ÚLTIMO

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¿Es realmente Jesucristo el Alfa y la Omega, o se refiere a otro?

Juan estaba desterrado en la Isla de Patmos cuando tuvo las visiones descritas en el último libro de la Biblia. Apocalipsis significa «revelación», es decir, quitar el velo que oculta lo que es revelado. En los primeros versículos, explica que Dios dio esa revelación a Jesucristo quien, a su vez, la envío a Juan mediante un ángel. Por tanto, el verdadero título del libro es «La Revelación de Jesucristo». Título muy adecuado, pues revela quien es Jesucristo, su misión y cómo la lleva a cabo.

¿Quién es Jesucristo? Apocalipsis nos revela que Cristo es Dios hecho hombre, y que, estando encarnado, vivió la vida justa perfectamente en sustitución del ser humano caído. También nos revela que murió inmolado, en sacrificio vicario, pagando el castigo merecido por esa humanidad caída merece. (1:5-10)

¿Cuál es su misión? Puesto que su obra redentora pagó el precio de la salvación para la humanidad, quienes son beneficiados con ella han sido incorporados al pueblo de Dios como reyes y sacerdotes. Junto con Cristo, gobiernan espiritualmente sobre la tierra llevando la salvación hasta el último rincón a través de la predicación de la ley y el evangelio. Sin embargo, Satanás, en franca oposición al reino de Cristo, lo resiste activamente engañando a la humanidad por medio de portentos milagrosos que sus ministros ejecutan concierto éxito mientras persiguen a la iglesia militante (5:1–14; 6:1:1–15). Entre los ministros de Satanás destaca el anticristo. Cristo revela que Satanás y sus inmediatos colaboradores son los primeros en ser lanzados al fuego eterno. Los siguientes en ser condenados a la segunda muerte, el lago de fuego, son los que rechazaron definitivamente la redención obrada por Cristo (20:10–15). El libro concluye convocándonos a beneficiarnos gratuitamente de la salvación lograda por Cristo a favor de la humanidad caída. En gratitud vamos a querer evitar el descuidar una salvación tan grande, teniendo presente lo dicho en Apocalipsis 1:3.

Oración:

Señor Jesucristo, Cordero de Dios, digno eres de recibir el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza. Porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje, lengua, pueblo y nación; nos has hecho para nuestro Dios un reino y sacerdotes, solo por gracia. Amén.

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EL ALFA Y LA OMEGA (Α&Ω) | viernes 22 de noviembre 2024

«Yo soy el Alfa y la Omega —dice el Señor Dios—, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso.»

—Apocalipsis 1:8

 

(Lectura de la Biblia en tres años: Lamentaciones 3:15–34, Hebreos 10:18–25)
EL ALFA Y LA OMEGA (Α&Ω)

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Por muchos siglos se ha llamado «Adviento» a las cuatro semanas que preceden al 25 de diciembre, la fecha tradicional de la celebración de la navidad de Cristo. ¿Qué significa adviento y por qué los cristianos lo celebran a través de los años?

Adviento significa llegada. Es un tiempo dedicado a meditar en la primera y segunda venida de Cristo. Meditamos en que el pueblo de Dios, con expectativa gozosa, esperó la primera venida que se evidenció el día que la virgen María dio a luz al Hijo de Dios. El tiempo de adviento concluye con la celebración del nacimiento del salvador. La palabra «Navidad» significa «nacimiento». Ese nacimiento no solo fue celebrado en la tierra. El cielo mismo, con gozo, lo celebró cuando la multitud de los ángeles dieron gloria a Dios y adoraron al Salvador recién nacido (Véase Hebreos 1:6; Lucas 2:10–14; Juan 1:14)

Adviento, al celebrar la segunda venida de Cristo, nos recuerda que Él viene como el juez ante quien el mundo entero comparecerá en el juicio final. Pero que también viene para llevar a su iglesia al gozo perpetuo. La vida cristiana aquí en la tierra es una vida de adviento, es decir, de espera vigilante. Cristo dijo las palabras de la meditación de hoy para la iglesia que espera a su Señor.

Alfa y la Omega son la primera y la última letra del alfabeto griego. Jesús aplica estas letras a su nombre para significar la determinación permanente de Dios, de principio a fin, de salvarnos de la condenación eterna: Nos buscó cuando nosotros huíamos de Él. Nos dio la fe cuando nuestro corazón solo producía incredulidad y permanece a nuestro lado, intercediendo por nosotros hasta el fin para que no nos falte fe. Gracias a Él, podemos descansar confiadamente convencidos que lo que ha comenzado lo terminará. Él es el principio y el final de nuestra redención. Somos creyentes por Él, en Él y para Él. (Filipenses 1:6; Hebreos 12:2)

Oración:

Señor, te doy gracias porque por los méritos de tu Hijo, mi sustituto, soy salvo. Confieso que: Por mi razón y por mis propias fuerzas no soy capaz de creer en Jesucristo, mi señor, ni llegar a él. Sino que es el Espíritu santo quien me ha llamado al evangelio, me ha iluminado con sus dones, me ha santificado y mantenido en la fe verdadera, al igual que llama, reúne, ilumina, santifica a toda la cristiandad sobre la tierra y la conserva en la unidad de la verdadera fe en Jesucristo. Él es quien, en esta cristiandad, me perdona a diario y plenamente todos mis pecados así como los de todos los creyentes. Es él quien, en el último día, me resucitará, a mí y a todos los muertos, y me dará la vida eterna, así como a todos los creyentes en Cristo. No hay duda de que esto es cierto. Amén.

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¡DEL SEÑOR SOMOS! | jueves 21 de noviembre 2024

Reconozcan que el Señor es Dios; él nos hizo, y somos suyos. Somos su pueblo, ovejas de su prado.

Salmos 100:3

(Lectura de la Biblia en tres años: Lamentaciones 3:1–14, Hebreos 10:12–17)

¡DEL SEÑOR SOMOS!

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Hace 500 años atrás, todos estaban obligados a escuchar la misa y la lectura de la Biblia solo en latín. El cambio vino con la reforma. Martín Lutero devolvió a la gente el poder de adorar al Señor en su lengua materna. Además, promovió que la Biblia se publique en la lengua vernácula de cada nación cristiana. Él mismo dio ejemplo al traducirla al idioma de su pueblo, el alemán. Sin embargo, eso no significa que Lutero estaba en contra del latín. Sostenía que el aprender latín era de beneficio para los creyentes, en especial para los líderes. Por esto, cuando se presentaba la oportunidad de animar a alguien a tal estudio, no la perdía.

Lutero viajaba a pie a menudo. En cierta ocasión se alojó en una rústica casa de campesinos. Ellos, sin saber quién era, lo recibieron y lo trataron tan bien como pudieron. Cuando lo supieron, rehusaron toda paga, pero le pidieron que se acordara de ellos en sus oraciones y que escribiera con tinta roja en la pared una frase de recuerdo. Lutero escribió en latín: «Domini Sumus». Cuando el campesino preguntó el significado, Lutero explicó que la expresión tenía doble sentido. —Significa —le dijo—, «Somos del Señor», pero también puede significar: «Somos señores». Lo uno resulta de lo otro: por cuanto nos rescató el Señor Jesucristo a gran precio, no debemos ser esclavos de Satanás ni de nada, sino señores verdaderamente libres que no sirven al pecado sino al Señor Jesús.

Pero ser del Señor va más allá del hecho de estar a su servicio. En la antigüedad se comenzó a llamar Señor a quien usaba sus recursos para proteger a quienes podían ser abusados (esta idea permanece cuando se escribió Don Quijote de la Mancha). No hay lugar más seguro, ni protector más confiable que nuestro Señor. En gratitud a los méritos de Cristo, por los cuales somos perdonados y salvados, vamos a querer estar firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres y vivir consagrados a Él, confiando en su protección (Gálatas 5:1–14; 1 Corintios 6:19–20; 7:23; Salmo 91).

Oración:

Que mi vida entera esté consagrada a Ti, Señor. Que a mis manos pueda guiar el impulso de tu amor. Que mis pies tan sólo en pos de lo santo puedan ir: y que a Ti, Señor, mi voz se complazca en bendecir. Que mis labios al hablar, hablen sólo de tu amor. Que mis bienes dedicar yo los quiera a Ti, Señor. Que mi tiempo todo esté consagrado a tu loor. Que mi mente y su poder sean usados en tu honor. Toma, ¡oh Dios!, mi voluntad, y hazla tuya nada más; Toma, sí, mi corazón y tu trono en él tendrás. Amén. (CC255)

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EL SAMARITANO AGRADECIDO | miércoles 20 de noviembre 2024

—¿Acaso no quedaron limpios los diez? —preguntó Jesús—. ¿Dónde están los otros nueve?

Lucas 17:17

(Lectura de la Biblia en tres años: Lamentaciones 2, Hebreos 10:5–11)

EL SAMARITANO AGRADECIDO

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Solo Cristo conoce los corazones de los seres humanos y por eso no nos toca a nosotros juzgar las intenciones de los demás. Pero sí somos responsables de juzgar los actos. Pablo reprendió a los Corintios por no haber juzgado a uno que era abiertamente fornicario. (1 Corintios 5:1–12 cf. Romanos 14:1–13).

Al principio de su ministerio en Galilea, un leproso rogó a Jesús que le limpie de la lepra. Jesús lo hizo de inmediato y después le mandó cumplir con lo estipulado por la ley mosaica (Levítico 14:1–32 Lucas 5:12–16) A estos diez leprosos que suplican compasión, Jesús les envía a cumplir el requisito legal, y en el camino ellos son sanados. Pero solo uno regresa para agradecer a Cristo. Parecería que los diez tenían fe, puesto que fueron a cumplir el requisito legal. Pero los hechos demuestran que solo uno de ellos la tenía en verdad: el samaritano agradecido.

A los muchos fariseos y saduceos que vinieron a ser bautizados por Juan el Bautista, él les advirtió que no les serviría de nada si no tenían fruto de arrepentimiento (Mateo 3:7–12). ¿Qué es este fruto de arrepentimiento? Los fariseos imaginaban que ellos eran justos y que su obediencia imperfecta era suficiente para agradar a Dios. Por eso, no sentían necesidad de ser salvos. No necesitaban al salvador. Confiaban que, por nacer con sangre hebrea; por pertenecer al pueblo elegido y practicar una rígida religiosidad, el cielo les estaba garantizado. Por esto, no tenían gratitud por las bendiciones del Señor. Diferente es el caso de Zaqueo, que consciente de merecer el infierno, confió en que solo gracias a Cristo era perdonado: por ello rebosaba de gratitud.

La gratitud aflora pronto en el corazón que tiene fe verdadera y se manifiesta en muchos frutos de arrepentimiento. Cristo nos advierte: «Así será en la venida del Hijo del hombre. Estarán dos hombres en el campo: uno será llevado y el otro será dejado. Dos mujeres estarán moliendo: una será llevada y la otra será dejada» (Mateo 24:39–41). Ambas parejas hacen lo mismo ¿Por qué uno es dejado y el otro llevado? Porque uno lo hizo en gratitud motivada por la buena noticia de Cristo como su sustituto, mientras que el otro lo hacía por cualquier otro motivo.

Oración:

Graba, Señor, en nuestro corazón tal temor de tus juicios, y tal gratitud por tu bondad hacia nosotros, que nos hagan temer y avergonzarnos por ofenderte. Que nuestra mente permanezca alerta al gran día cuando todos hemos de dar estricta cuenta de nuestros pensamientos, palabras y obras a aquel a quien tú has puesto como juez de los vivos y de los muertos, tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo; y que únicamente por sus méritos somos absueltos. Amén.

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LA GRATITUD DE PABLO POR LA AYUDA RECIBIDA | martes 19 de noviembre 2024

Ya he recibido todo lo que necesito y aún más; tengo hasta de sobra ahora que he recibido de Epafrodito lo que me enviaron. Es una ofrenda fragante, un sacrificio que Dios acepta con agrado.

Filipenses 4:18

(Lectura de la Biblia en tres años: Lamentaciones 1, Hebreos 10:1–4)

LA GRATITUD DE PABLO POR LA AYUDA RECIBIDA

 

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La Biblia es clara y terminante en que la salvación, obrada por nuestro Señor Jesucristo, nos es otorgada completamente gratis, como un regalo que nos viene gracias a la misericordia de Dios (Romanos 3:23–24; Apocalipsis 21:6; 22:17; Isaías 55:1,7). Las ofrendas no son una manera de pagar por tal regalo.

Bajo el Antiguo Pacto, el pueblo de Israel estaba sujeto a la obligación de llevar, ante Dios, ofrendas y diezmos de todas sus ganancias para sostener la adoración. Una parte de los diezmos y ofrendas debía ser para banquetes fraternales en las fiestas sagradas; otra, para ayudar a los extranjeros, viudas y huérfanos; y otra parte para el sustento de los sacerdotes y levitas (Deuteronomio 12:17–21; 14:29).

Jesucristo instituyó la iglesia dentro del Nuevo Pacto. En el Nuevo Pacto, no incluyó la obligación de celebrar las fiestas del Antiguo Pacto, ni el diezmo y llamó a cada creyente al sacerdocio universal. Por tanto, no estamos bajo la obligación de ofrendar o diezmar. Sin embargo, Cristo llamó a algunos a dedicarse por tiempo completo al ministerio de la Palabra, y les instruyó vivir de las ofrendas de los creyentes que, en gratitud a la gracia divina, apartan para el Señor y para la extensión del reino. No hay un monto determinado a ofrendar. Cada uno da según la gratitud que brota de su corazón. Unos dan todo lo que tienen, como la viuda pobre; otros, de lo que pueden con alegría; y algunos, de lo que les sobra. Dios quiere que su pueblo dé ofrendas por gratitud y no por obligación.

Los filipenses enviaron su ofrenda a Pablo y él expresó gratitud al Señor, no por lo recibido. Sino por lo que implicaba: era un sacrifico que Dios acepta con agrado. Dios no acepta lo que hacemos motivados por la obligación de la ley puesto que lo hacemos imperfectamente (Mateo 5:48). Él acepta solo lo que hacemos en gratitud por haber sido salvados por los méritos de Cristo. Nuestras ofrendas son sacrificios agradables al Señor que ofrecemos como parte de nuestro sacerdocio universal, si las ofrecemos en gratitud. En su gracia, el Señor les añade los méritos de Cristo para poder aceptarlas como perfectas y así recompensarnos. En gratitud a su gracia abundante, vamos a querer ofrendar abundantemente.

Oración:

Señor, te suplico que tu iglesia sea preservada en la doctrina pura de tu palabra salvadora, para que así se fortalezca nuestra fe en ti y aumente en nosotros el amor a todo el género humano. Levanta pastores, maestros y siervos fieles que prediquen y enseñen el evangelio en nuestro país y en todas las naciones; guíalos, protégelos y prospéralos en todas sus labores. Amén

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